La sequía es sin duda el problema más serio que de forma recurrente se presenta al olivar en los últimos años, ya que las temidas tormentas de granizo –también muy destructivas- hace tiempo que no aparecen, ni éstas ni la de rayos y lluvia, tan refrescantes en el pasado, aunque en ocasiones hacían mucho daño arrastrando violentamente la tierra suelta del suelo, destrozando caminos y desbordando arroyos.

Últimamente, desde que los efectos del cambio climático son evidentes, el periodo de sequía se presenta continuado y sin precipitaciones desde junio hasta septiembre u octubre, dando lugar al estrés hídrico, tan temido por los agricultores. No obstante, el olivo tiene una defensa natural que emplea en estas fechas, consistente en la detención del proceso evolutivo del fruto durante los días más duros del verano, con lo que consigue minimizar el daño producido al mismo tiempo por la sequía, la evaporación del agua a través de las grietas y el tórrido calor de julio y agosto.

Esta defensa la emplea también ante el frío y de forma natural la planta cuando entre el 15 de diciembre y los primeros días de febrero el citado frío se presenta en su más dura expresión, y es muy perjudicial para tallos y hojas, de forma que estos “parones” naturales ante las situaciones extremas de frío y calor son fundamentales, claro que si no llueve en septiembre habrá servido de poco el del verano.

La retención de la humedad del subsuelo mediante la hierba corta, que también retiene las primeras aguas y evita las escorrentías, y las labores de gradeo para cerrar las grietas son los principales recursos contra los fuertes calores “de Virgen a Virgen”, es decir, del 16 de julio al 15 de agosto, y procuremos anotar las cabañuelas de paso, a ver si vienen buenas hasta agosto de 2018.