Manuel Campos

El terrorismo tal como hoy lo sufrimos apareció a finales del siglo XIX con los clásicos disparos a quemarropa o las bombas lanzadas sobre personalidades o grupos de personas con la finalidad de hacer daño y aparecer en los medios de comunicación de la época. Antes de que existieran los grandes diarios que transportaba con rapidez el tren, lanzar una bomba tenía poco sentido porque se enteraban sólo en la ciudad donde ocurría el hecho. Hoy, televisión y redes sociales ofrecen el acto y sus sangrientas consecuencias. Después seguimos casi en directo la búsqueda y eliminación o captura de terroristas como el conductor de la furgoneta de Barcelona. Un éxito de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Lo lamentable es que estos grupos actúan motivados por creencias firmes que profesan, aunque los que dan las órdenes son otros, que nada tienen que ver con el Islam ni con los valores de Oriente u Occidente. Se mueven por intereses económicos que sólo conocen los selectos dirigentes, gente que manda mensajes desde lujosos despachos con seguridad blindada. Jamás se pondrán un cinturón de explosivos ni irán al frente. Lo grave es que estas personas ordenan que se atente en cualquier ciudad. Lo importante es que la acción sea lo más sangrienta posible, que demuestre que tienen jóvenes dispuestos a inmolarse y que Occidente se pare atemorizado ante el atentado. Si consiguen amedrentarnos, podrán seguir desarrollando sus proyectos económicos y estrategias militares. Mientras hablarán de ideales, de fe y de un imposible califato que incluiría a la Península Ibérica. El terrorismo nos afecta a todos los ciudadanos libres y con derechos garantizados por la Constitución en cada país democrático.