Con el discurso pronunciado el día 21 y los encuentros oficiales de rigor, ha concluido el Papa Francisco su visita a Hispanoamérica, iniciada en Chile, país en el que se encontró con que buena parte de la población era manifiestamente hostil a la Iglesia que él dirige, a pesar de ser un país tradicionalmente católico. Estas circunstancias adversas -con iglesias quemadas como incluidas- no afectaron en absoluto al viaje papal, ya que Francisco abordó con voz alta y clara problemas que llevan mucho tiempo sobre la mesa y en los medios, pero no resueltos, como el de la pederastia practicada por algunos miembros del clero. También denunció Francisco dos problemas endémicos en Hispanoamérica: la pobreza extrema de la mayor parte de la población, que contrasta con la riqueza de una pequeña proporción de la misma; y la violencia, que quita y pone gobiernos con demasiada frecuencia. El día 21 dedicó parte de su discurso a la violencia contra las mujeres, que se da más o menos intensamente en todos los países del mundo y en todas las clases sociales, pero es especialmente terrible en Méjico, país en el que las mafias secuestran y prostituyen o hacen desaparecer a un gran número de mujeres cada año, aparte de la violencia practicada en el ámbito doméstico. Son problemas muy serios que tiene la sociedad aquí y ahora, cuestiones sobre las que el Papa ha opinado claramente, con la consiguiente repercusión en los muchos millones de fieles que tiene la Iglesia en el mundo entero, además de los millones de personas que no son católicos pero están pendientes de sus palabras y actuaciones.